DA RISA PERO SIN GANAS DE REÍRSE (XVII)
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DA RISA PERO SIN GANAS DE REÍRSE (XVII)
Conozco una señora casada con un doctor en filosofía. En oportunidades imparte o impartía clases en doctorados de filosofías de la ULA-Mérida, según me dice la señora conocida, con lo que dejo notar que no me consta; aunque si es cierto o no, carece de interés en el siguiente relato por desarrollar.
Casi no pelean en calidad de pareja que debe soportarse en las diferencias acérrimas habidas entre los dos en el plano de lo intelectual. Especifico: Su esposo, me dice ella, lee asiduamente, por el trabajo, los textos de Jacques Lacan, Sartre, Umberto Eco, Inmanuel Kant y determinados filósofos contemporáneos aún vivos como Byang-Chul Han, Edgar Morin, Slajov Žižek, Jianuwei Xun (filósofo creado por I.A.) por nombrar algunos. Mientras que la señora conocida, de manera intuitiva, se guía por las letras de las canciones de Juan Gabriel, Rocío Durcal, Marco Antonio Solis, Leo Dan... Aunque oye a Roberto Carlos, no lo entiende mucho porque lo considera muy profundo. Me confiesa que jamás ha podido descifrar el verso de Roberto Carlos donde afirma que él "quisiera ser civilizado como los animales".
Notifiqué, comenzando esta entrega, que pese a la brecha insalvable de sus posiciones ante la vida y sus cosas, casi no se pelean, pero si la pelea es fuerte (no pasa de las inter-ofensas verbales), entonces ella se queda en la casa porque la casa es de su propiedad (la adquirió antes del matrimonio) y él se marcha unos días (a veces dos semanas) a la casa que le quedó por herencia.
Hace unos días me invitó a que viera y opinara sobre la casa del esposo, debido a que estaba de viaje por Caracas.
"Porque quiero mostrarte la porqueriza más inmunda del mundo" fue la respuesta al preguntarle porqué quería presentarme la casa. En torno a la suciedad de alto nivel alcanzada por el cónyuge en su casa, me advirtió, yendo ya para la casa con el propósito de presenciar la suciedad insuperable conseguida, la señora me adelantó que iba a mirar un basural de ropa vieja tirada por el piso, de zapatos e interiores unos por aquí y otros por allá, de libros arrumados sin ningún criterio de orden, con tres perros gigantones que tienen la casa como si fuera el hábitat natural de ellos, y como culmen de todo, el esposo hace años le pagó a un trabajador del sector de la construcción para que le demoliera las paredes de las habitaciones, por lo cual la casa ya había perdido la apariencia de vivienda común y corriente, asemejándose por aproximación, a una idea de depósito, o, cuando mucho, de galpón en completo abandono.
Sí, en efecto. Describir tal espacialidad catalogándola de "porqueriza", por parte de la señora, no obedece a ningún ánimo de exagerar, medité yo la noche del día en que tuve la ocasión de estar frente a frente con la realidad material de un alma humana en estado de descomposición, quizá -creo yo- por absorber tantos contenidos filosóficos de envergaduras variadas, elaboradas por pensadores nacidos en la matriz de la civilización occidental, y que alguien de estos mundos, situados en occidente en el rango de países marginales, probablemente los entienda y hasta los explique, mas al carecer de estímulos académicos, de buenas remuneraciones y más que nada, de no tener una compañera sentimental en sintonía con preocupaciones basadas en abstracciones incomprensibles para un cerebro como el de ella, que se insuma oyendo la simplura estándar de baladas y rancheras.
Y en verdad el señor en su caso, hace bastante en no demenciarse. No obstante, estando espiritualmente tan solo, la dejadez o el hartazgo de no contar con su pareja, indudablemente alcanza un pico máximo, cuando él prepara sus clases o se somete al rigor de sus cavilaciones, entretanto ella oye, digo yo, "Por un caminito" de Leo Dan o "Amor eterno" con Juan Gabriel o con Rocío Durcal.
Por mi parte, concluí que ese zaperoco de sucios de todo tipo, que ese ambiente cloacal que es propio de los rellenos sanitarios, contenido en el aposento del esposo de la señora, probablemente le brinde el acompañamiento existencial que su esposa por razones obvias nunca le podrá regalar.
Por último, dejo esta frase poca conocida, en el ánimo de buscarle comprensión a la paradoja del agrado por la suciedad:
"Solemos exteriorizar en el afuera aquello que tenemos por dentro, para vernos reflejados en algo o en mucho".
Ílmer Montana.
Pregrado en Literatura ULA y
Magíster en Gerencia UNET